Pensamiento secular y colectivo

Lista de artículos

  • Discurso del papa Francisco en Santa Cruz, Bolivia, 10 de julio de 2015,
  • El Mundo dividido en dos, por Escudrojo
  • Benedicto XVI propone una profunda renovación de la Iglesia, por Escudrojo
  • Dios y Diablo, por Escudrojo
  • Un llamado a la responsabilidad de los Medios de Información, por Papa Paulo VI
  • Prohibido hacer política: ¡Estamos rezando!, por Sergio Reuben
  • El Papa Benedicto XVI descubre la lucha de clases, por Julia Evelyn Martínez para Rebelión
  • Una reflexión sociológica sobre la nueva era maya, por Sergio Reuben.

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Discurso del papa Francisco

SANTA CRUZ, Bolivia, 09 Jul. 2015 / 07:31 pm (ACI).

– El Papa Francisco pronunció un extenso discurso en el encuentro con los movimientos populares reunidos en esta ciudad boliviana. A continuación el texto completo del mismo (las cursivas indican las palabras que improvisó el Santo Padre):

FranciscoSantaCruzBolivi

Hermanos, hermanas. Buenas tardes a todos.

Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y en mis oraciones. Me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.

Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.

Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: “Las famosas tres T”: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.

Primero de todo.

  1. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en generaltambién de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:

– ¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?

– ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?

Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.

Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Si esto así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.

Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia.

Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en el otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir– redentor. Porque lo necesitamos.

Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.

El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace, ya desde hace mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema.

Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.

No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas?

Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» ¿De acuerdo?  (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, Cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!

  1. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: «proceso de cambio». El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir.

Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar proceso y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por «vivir bien». Dignamente, en ese sentido.

Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos «rostros y esos nombres» se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos… Todos nos conmovemos, porque «hemos visto y oído», no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.

Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas ya desde Buenos Aires y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata.

Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo.

Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias porque las hay, las tenemos y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, necesitamos instaurar esta cultura del encuentro porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas.

La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.

Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.

Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos.

A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.

La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.

Y tengamos siempre presente en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Yo rezo a la virgen tan venerada por el pueblo boliviano para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio. El cura habla largo parece ¿no? Nooo (responden todos).

  1. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos, no es fácil de definir.

En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.

Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:

3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.

La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a «las tres T» por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad «prosperidad sin exceptuar bien alguno» (1)   Esta última frase la dijo el Papa Juan XXIII hace 50 años. Jesús dice en el evangelio que aquel que le dé espontáneamente un vaso de agua cuando tiene sed será acogido en el reino de los cielos.  Esto implica «las tres T» pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación.

Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: «vivir bien». Que no es lo mismo que ver pasar la vida.

Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre». (2)

El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la «productividad», sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús. Contra la Buena Noticia que trajo Jesús.

La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece.

El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

Y en este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.

He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica y vi que algunos están aquí. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Y qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!

Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria.

Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.

3.2. La segunda tarea, eran 3, es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.

Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados.

Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia» (3)

Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.

En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.

A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la «Patria Grande» y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta diversa fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres.

Los obispos latinoamericanos lo denunciamos  con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones». Hasta aquí la cita. (4) En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.

Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de África, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco». (5)

Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común.

Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Y eso hermanos es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.

Digamos NO entonces a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.

Y aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia». Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM El Consejo Episcopal Latinoamericano y también quiero decirlo. Al igual que San Juan Pablo II pido que la Iglesia y cito lo que dijo Él «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos» (6). Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue San Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.

Y junto a este pedido de perdón y para ser justos también quiero que recordemos a millares de sacerdotes, obispos que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz. Hubo pecado y abundante, pero no pedimos perdón y por eso pido perdón, pero allí también donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres de esos pueblos originarios. También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz; No me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente van a los barrios pobres llevando un mensaje de paz y dignidad, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio.

La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en Latinoamérica. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero. Hoy vemos con espanto cómo en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que estamos viviendo, hay una especie de -fuerzo la palabra- genocidio en marcha que debe cesar.

A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme transmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas la pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.

  1. 3. Y la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.

La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave. Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación.

Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizarse, a exigir –pacífica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me he expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si’ que creo que les será dada al finalizar. Tengo dos páginas y media en esta cita, pero (como resumen basta (verificar y falta)

  1. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Y cada uno Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez.

Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, y una cosa importante la esperanza que no defrauda, gracias.

Y, por favor, les pido que recen por mí. Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo respeto, les pido que me piense bien y me mande buena onda.

  El mundo dividido en dos

Servio Escudrojo

Un patético espectáculo está mostrando el mundo al finalizar esta primera década del segundo milenio.  Y parece ser que, si no es el pueblo organizado que lo evite, la segunda década será una década desgarradora; caracterizada por horribles enfrentamientos entre pueblos y naciones, entre ideologías, entre clases; en fin, entre dos visiones de mundo: la originada en pensamientos religiosos e individualistas, y la originada en pensamientos seculares y solidarios.

Esas cuatro categorías de pensamiento, el religioso, el individualista, el secular y el solidario, definen cuatro universos conceptuales distintos.  El primero fundamenta el conocimiento en la revelación espiritual, supranatural.  El individualista fundamenta el conocimiento en la experiencia individual.  El secular fundamenta el conocimiento en la experimentación evidencial, en su construcción lógica.  Y el solidario, fundamenta el conocimiento en la experiencia colectiva.

Los he puesto en ese orden porque es así como parece ser que se están acomodando en este momento histórico: articulados de dos en dos, conformando cada díada una forma particular de concebir la realidad: la forma religioso-individual, por una parte y la forma secular-colectiva por la otra.

Sin embargo, no siempre han aparecido así, ni tampoco necesariamente esas díadas serán permanentes.  Hay movimientos sociales que han desarrollado un pensamiento religioso-colectivo, como la “teología de la liberación” y la religión de los pobres en América Latina.  O los “movimientos libertarios” más puros, por el contrario, que ostentan un pensamiento signado por la díada secular-individual.  Sin embargo, esas formas parecen estar siendo reducidas, atrapadas por las dos formas históricamente polares, la religiosa-individual y la secular-colectiva.  Ese es el reclamo que hace Armando González en un reciente editorial-opinión de La Nación denominado “La derrota republicana”

El problema que presenta esta configuración social es que las comunidades y las sociedades tienden a dividirse entre individuos con una u otra forma de concebir el mundo y la realidad, generando sociedades de individuos y grupos la mayor de las veces incomunicados, autistas, sordos entre sí.

Como no podemos dividir el mundo en dos facciones, los religiosoindividualistas y los secularcolectivistas, porque es un solo planeta y de sus recursos dependemos todos, tenemos que convivir entre nosotros.

Pero cuando se analiza la capacidad de tolerancia de ambas formas de construir el conocimiento y concebir el mundo la situación se complica.  Jürgen Habermas, en un brillante análisis en donde precisamente pone la cuestión de la tolerancia en los términos antes planteado –en la ya memorable polémica con el cardenal Ratzinger (hoy Papa Venedicto XVI)– llega a la conclusión de que la religión católica tiene recursos teológicos que le permitirían convivir con comunidades secularcolectivistas si aceptara la secularización de la moral y el derecho (Habermas, 2004).  El problema se presenta con otras religiones (incluso cristianas), en las que la posibilidad de esa confesión es práctica y teológicamente imposible.

Por el lado del pensamiento secularcolectivista, Habermas es ciertamente optimista en su capacidad de poder convivir con grupos de otras formas de concebir el mundo.  Pero sí recomienda una actitud abierta y desprejuiciada de estos grupos con relación a las formas de prácticas religiosas y culturales originadas en el pensamiento religioso.  Al fin y al cabo, es esta forma de construcción del conocimiento la que ha mostrado una vitalidad histórica arrolladora.

Por eso es que no parece para nada positivo (y solo concebible dentro de una perspectiva de “estrategia electoral”) que los principales gobiernos europeos estén asumiendo posturas cada vez más rígidas con relación a las formas de expresión cultural y religiosas, en un movimiento semejante a lo que está sucediendo con los candidatos al poder legislativo en los Estados Unidos.  La libertad de construcción del pensamiento, independientemente de mitos y prejuicios, precisamente, es la fuente de esa vitalidad histórica que ha permitido a esa díada la pervivencia aún en las condiciones históricas más adversas.

La Nación, en un editorial, se hecha tierra y se rasga las vestiduras ante el patético espectáculo que están dando los partidos democráticos en los países más ricos, pero no tiene autoridad moral para juzgarlos al haber actuado como cómplice en primer grado en nuestro país, divulgando el pensamiento único de la clase dirigente y conduciendo su linea informativa de manera unidireccional.

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Benedicto XVI propone una profunda reforma en la Iglesia.

Friburgo, Alemania,  (OCLACC).- Al concluir su visita a Alemania, el Papa dijo que la iglesia católica necesita una “fuerte renovación”, que tiene que “despojarse” de su riqueza terrenal y de su poder político y abrirse a las preocupaciones Papa Benedicto XVIdel mundo y aseguró que las épocas de secularización han contribuido a su purificación y a su reforma interior.

En un fuerte y duro discurso pronunciado ante grupos de católicos alemanes con los que se reunió en Friburgo, el papa Ratzinger afirmó que desde hace decenios se asiste a un descenso de la práctica religiosa y se constata que una parte de los bautizados abandonan la Iglesia.

Ante esa situación, el Pontífice se preguntó si la Iglesia, “que somos todos los bautizados, no sólo la jerarquía, el papa y los obispos”, debe cambiar y la respuesta que dio fue: “sí, es necesario un cambio”.

La Iglesia debe decir adiós al poder, la riqueza y las estructuras burocráticas inútiles para vivir plenamente la fe y abrirse de verdad al mundo. Sólo cuando sea capaz de librarse de sus lazos materiales su acción misionera volverá a ser creíble.

El Pontífice lamentó que durante sus dos milenios de existencia la Iglesia se haya «acomodado» al mundo, dando importancia a las instituciones en lugar de abrirse a las preocupaciones de los hombres. Para cumplir la misión que Cristo le ha encomendado debe dejar de ser mundana. La historia le ha ayudado a volver a encontrar el rumbo a través de diversas olas de secularización, gracias a las cuales se consiguió la «reforma interior» de la Iglesia. Ya sea por medio de la expropiación de bienes eclesiásticos o de la cancelación de privilegios, estos procesos acabaron siendo positivos para el catolicismo. De ellos emerge una organización eclesial limpia, con más capacidad para cumplir con su misión evangelizadora.

La renovación que el Papa delineó en Friburgo no afecta sólo a la jerarquía. La Iglesia está formada por todos los bautizados. Todos los católicos están pues llamados a hacer suya la petición de profundo cambio que presentó Benedicto XVI. Para ilustrar sus palabras recordó a la beata Madre Teresa, a quien una vez le preguntaron que cuál era la primera cosa que cambiaría de la Iglesia. Su respuesta fue: «¡Usted y yo!».

La reforma que propone Benedicto XVI está fundamentada en la misión apostólica que Jesucristo encomendó a sus discípulos. «No se trata de encontrar una nueva técnica para un relanzamiento», advirtió. Consiste en renunciar a lo que «es sólo táctica» y buscar la «sinceridad plena», consiguiendo así la realización total de la fe sin «convenciones» ni «costumbres» que en realidad le son ajenas. Al abrirse al mundo y dejar lo mundano, la Iglesia testimonia «aquí y hoy» con palabras y obras el amor de Dios.

Fuente: OCLACC – Organización Católica Latinoamericana y Caribeña de Comunicación.

Este comentario fue publicado el Miércoles, septiembre 28th, 2011 at 11:38 PM y está dentro de la categoria Actualidad, featured, historia, Pampa Noticias.

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Dios y Diablo

Servio Escudrojo

La creencia en Dios y Diablo es ancestral. En la mayoría de las religiones “pre cristianas” (las que no tuvieron influencia evangélica) existe la presencia de dos fuerzas o entidades que se contraponen en lucha eterna.  Zeus vence a Kronos pero se encuentra en lucha contra Vulcano (que simpáticamente habita en las profundidades de la Tierra, donde luego aparecerá el infierno católico). Mas ciertamente el panteón griego es extraordinario porque cada dios es, en realidad, una manifestación de las virtudes divinas; aquellas que han hecho al ser humano distinto de los animales.  El bien y el mal son el resultado de la lucha entre esas divinidades. Y sus triunfos serán buenos cuando son sancionados por Zeus, de manera parecida a como el actuar muchas veces amoral de los patricios bíblicos se convierte en moral por la sanción de Yahvé. 

En el induismo también hay dos entidades que se contraponen las “suras” se oponen a las “asuras” y de su fricción surge dios Krishna que con su presencia reacomoda el equilibrio generalmente roto por el triunfo de las asuras, la entidades maléficas.  Éstas forman parte de los designios divinos manteniendo la existencia del mundo humano, ambiente en el que las almas purifican su karma. El “mal”, así, es parte del plan divino de Brahma para que el espíritu pueda alcanzar la “conciencia de Krishna”.

Pero creo que las religiones más “equilibradas” en cuanto al reconocimiento del bien y el mal son las orientales propiamente dichas. En el taoismo el bien y el mal son parte de Dios, y de la lucha -o más bien confrontación, o competencia- entre ellos surge la realidad material.

Esta dinámica entre bien y mal (o mal y bien), porque aquí ya no se sabe cuál es “bien” y cuál es “mal”, sino que son tesis y antítesis, será también reconocida en la filosofía occidental como una contradicción que domina la dinámica del universo (Hegel y Engels). Al secularizarse la lucha del bien y del mal en la confrontación entre tesis y antítesis, la presencia de Dios y Diablo queda relegada al dominio de la fe y de la religión.

Ahora bien, hasta aquí, lo que he hecho es describir, o tratar de explicar la creencia en Dios y Diablo desde las religiones.  Son ellas las que desde el principio, como construcciones humanas, trataron de explicar los orígenes de todo y, desde luego, del bien y del mal que cada civilización determinó.  Si dejamos de lado la existencia de la”revelación”, porque al hacerlo metemos a Dios por la puerta de atrás de la argumentación, entonces podemos aceptar que la curiosidad natural por explicar porqué estamos aquí, qué estamos haciendo, qué debemos hacer, etc., que aparece en el ser humano al adquirir conciencia de sí mismo y desarrollar su inteligencia, llevó a crear explicaciones enmarcadas en las circunstancias materiales, intelectuales y de conocimiento que en cada momento contaban las distintas civilizaciones.  (Y esas explicaciones se juntaron con las necesidades de supervivencia de los pueblos, una de las cuales, si no la más importante, fue la de cohesión, articulación entre sus miembros, orden y disciplina.  El libro del Génesis es un hermosísimo ejemplo de construcción de un pueblo.  Moisés le da al “pueblo de Israel” un Dios, una religión, una ley y una institucionalidad. Armados con estos elementos vagan por el desierto 40 años hasta alcanzar la “Tierra Prometida” y la conquistan.)

Desde esta perspectiva, que es la que asumo, la necesidad humana de explicar lo inexplicable genera la existencia de Dios como entidad perfecta. Y al crearse la perfección aparece la imperfección.  En la mayoría de los casos esa entidad es la creadora de todo lo existente (¿cómo explicarlo si no?), curiosamente en el caso griego aún no influido por el pensamiento cristiano, Zeus no fue el creador del mundo, lo fue Kronos (el tiempo).  Desde esta perspectiva pues, conforme la humanidad avanza en su conocimiento de la realidad (incluyendo no solo el comportamiento de los objetos materiales sino también el comportamiento de las personas, con toda su subjetividad), esa entidad per­fecta que explica lo inexplicable, se transforma, evoluciona.  Mucho de lo que era inexplicable ahora ya se explica y no se requiere de Dios para ello.  De ahí que hemos visto cómo la idea-imagen de Dios ya no es la misma a la de hace unos años, y para otros, ya el Diablo no existe.

De manera semejante sucede con las imágenes de Dios (y Diablo) como fundamentos de la cohesión, del orden y de la disciplina de un pueblo. Dios y Diablo son personajes protagónicos en el esfuerzo colectivo por ordenar la sociedad y hacerla menos vulnerable a a la contingencia.  Lo bueno y lo malo, lo que es permitido hacer y lo que no, las buenas y malas costumbres se asocian ahora a la presencia del Dios y del Diablo. Pero también aquí las cosas cambian conforme crece el conocimiento sobre la realidad y el dominio de la humanidad sobre la realidad material y subjetiva.  Y la moral divina que revelan las iglesias y congregaciones religiosas pasa por reacomodos como La Reforma protestante y más recientemente, los dictados por el Concilio Vaticano II en la iglesia católica.

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Un llamado a la responsabilidad de los medios de información

Publicado el 5 Diciembre, 2010 por escudrojo

En la busca de referencias sobre los derechos fundamentales del individuo me encntré con un texto de papa Paulo VI (fechado en 1976) cuyo contenido es de gran importancia para los periodistas y comunicadores en general.  Lo he puesto a la disposición de los lectores del Blog Escudrojo, en el enlace que sigue, para facilitarles el acceso a él. PauloVI-MediosComunicación.

Considero que el documento tiene alcances que con el transcurrir del tiempo han adquirido una relevancia mayor, así como señalamientos alrededor de la dignidad humana y la responsabilidad del ser humano en la conducción de los asuntos públicos, a los que les he dedicado dos modestísims comentarios.

Los comentarios marcan temas que, a mi manera de ver, plantean la aceptación de la Iglesia Católica de la elaboración de normas morales como resultado de la actividad del ser humano, sin que esta deban ser “reveladas” por Dios.

Esta aceptación marcaría, de aceptarse, una puerta abierta a la construcción de una sociedad más permisiva y tolerante en términos morales, que podría hacer posible la convivencia de las dos facciones ideológicas que están definiendo la ruptura cultural de dimensiones planetarias a la que hicimos referencia en nuestra entrada del 18 de octubre pasado Los aprendices de brujo neoliberales han desatado fuerzas que ya no controlan”, y que amenza la estabilidad de las sociedades contemporáneas.

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Prohibido hacer política: ¡Estamos rezando!

Contribución para el Blog Escudrojo de Sergio Reuben Soto

    Un peligroso compuesto se está combinando en América Latina.  Y los movimientos liberadores y transformadores deben tener cuidado de no utilizarlo.

     Muy interesante este artículo de Raúl Zibechi “Brasil: El pragamatismo abrió las puertas a los pentecostales“, (Alai-amlatina).  La reflexión que me hago después de leerlo, es sobre la influencia del pensamiento religioso en la organización política y que puede ayudar a sacar conclusiones sobre la forma de encarar estos movimientos.

      Los movimientos marxistas –particularmente en América Latina– basados en un pensamiento secular, han aceptado la participación dentro de su seno de movimientos religiosos, especialmente aquellos que asumían la defensa de las clases más deprimidas y menos favorecidas por el reparto de la riqueza.  Se articulaban así, con los principios liberadores de la explotación y el imperialismo de los movimientos comunistas y socialistas.  Pero mientras los últimos tenían como meta una liberación “inmediata”, esto es en los términos de este mundo material y concreto; para aquellos esa liberación inmediata no era un imperativo, más bien medio para alcanzar una pregonada máxima de igualdad espiritual, pero su meta estaba indefectiblemente en el más allá.

            Y esto marca una diferencia.

            Ese sentido “místico” que menciona el autor citando a Nadir Lara, en el que queda envuelto el participante de una asamblea religiosa es distinto al sentido de “solidaridad” que envuelve al participante de un movimiento político.  Esta solidaridad surge de una moral construida “desde dentro”, esto es, elaborada colectivamente; mientras que la mística surge de una moral construida “desde fuera”, esto es, enseñada-aprendida.

     El pensamiento religioso muy difícilmente puede desarrollar en el participante una solidaridad basada en una moral construida desde dentro, porque implica ubicar a Dios en un puesto con minúscula…, esto es, como un ente que no tiene injerencia en la actividad humana y material.

            La “crisis de identidad” que se habría producido en el movimiento de izquierdas brasileño –según Nadir Lara– obedece seguramente a la dificultad de pasar de una solidaridad mística a una secular.  Que en el fondo significa pasar de un compromiso religioso a un compromiso político…, de un compromiso con la iglesia a un compromiso con el partido.

            En la iglesia está dios en el centro y el premio espiritual diferido, en el partido están los objetivos políticos formulados según sus reglas parlamentarias y participativas, y su premio se puede medir en votos, en organización, en poder político.  Desarrollar solidaridad cuando hay imposición de una moral y cuando el premio es diferido, es más difícil que cuando se construye una moral dentro del grupo y cuando el premio puede ser gozado colectivamente.  El sentimiento “místico” que según Lara se genera con la participación religiosa es más bien “compasión”, que es muy distinto a solidaridad.

            Quizá la enseñanza que puede dejar la experiencia brasileña, desde esta perspectiva levantada por Zibechi, es que no se deben confundir los objetivos políticos con los religiosos…, una vez más, la necesidad de separar la acción política de la actividad religiosa.  Y esto significa evitar a toda costa utilizar políticamente los sentimientos religiosos…, algo que ya los costarricenses estamos aprendiendo a hacer ante las tristes experiencias de los pastores-políticos en nuestra Asamblea Legislativa.

                                                           –o0o–

17-12-2012

El Papa Benedicto XVI descubre la lucha de clases

Julia Evelyn Martínez

Rebelión

Si algo no puede negársele al Papa Benedicto XVI es su sorprendentemente capacidad de descubrir cosas que al 99% de la humanidad la tienen sin cuidado. Recién llegado a su actual posición de máximo jerarca de la iglesia católica, dio a conocer al mundo su descubrimiento acerca de la inexistencia del purgatorio, según lo cual, las personas interesadas ahora pueden tener la certeza de que se pasa directamente al cielo o al infierno sin ningún tipo de escalas. Más recientemente, informó que había descubierto que al momento del nacimiento de Jesús no estaban presentes ni la mula ni el buey, con lo que se puso en entredicho la costumbre de incluirlos en los pesebres navideños. Afortunadamente para los fabricantes de pesebres y de textos litúrgicos, las noticias sobre estos descubrimientos no parecen viajar desde el Vaticano hasta el resto países con la rapidez esperada en la era de la globalización de la información. Hasta ahora los pesebres que se han colocado esta navidad en hogares y centros comerciales, mayoritariamente han incluido a los dos personajes de la discordia y, en los novenarios de muertos que aún se rezan en los pueblos de Latinoamérica, se continua intercediendo por las almas del purgatorio.

Sin embargo, la manía descubridora de Benedicto XVI ha dado un giro sorprendente. En ocasión de la presentación del texto del mensaje de la Jornada Mundial de la Paz 2013, ha descubierto algo que el 95% de la humanidad ya sabía pero que el 5 % se resiste a aún reconocer. Ha descubierto nada más ni nada menos que el capitalismo es un sistema económico que funciona en base a la codicia, que promueve el consumismo y la competencia, y que genera conflictos sociales (lucha de clases) por las desigualdades que provoca entre ricos y pobres. 

Según sus palabras: “Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado (…..) Para salir de la actual crisis financiera y económica – que tiene como efecto un aumento de las desigualdades – se necesitan personas, grupos e instituciones que promuevan la vida, favoreciendo la creatividad humana para aprovechar incluso la crisis como una ocasión de discernimiento de un nuevo modelo económico. El que ha prevalecido en los últimos decenios postulaba la maximización del provecho y del consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas sólo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad”.

¿Qué tiene de novedoso el “descubrimiento” de Benedicto XVI de las injusticias y de la opresión que se derivan del capitalismo y de la responsabilidad del capitalismo en la lucha de clases?. De novedoso no tiene nada, pero sí tiene un gran significado en términos del debate político ideológico que está cobrando relevancia en la coyuntura actual sobre las causas de la crisis económica global y sobe las alternativas que  existen para promover una economía que esté en función del bienestar de toda la sociedad. Es decir, es importante que un conservador de la talla de Benedicto XVI, a quien nadie en su sano juicio acusaría de ser un instrumento de grupos marxistas o de tener una ideología anti- sistema , le diga al mundo que la creciente conflictividad social o lucha de clases, está siendo alimentada por las injusticias que provoca el sistema económico capitalista.

Esperemos que los intelectuales orgánicos de las elites empresariales y políticas de nuestros países , que con tanta facilidad descalifican a priori cualquier opinión contraria al capitalismo y/o a los principios de lo que llaman el “libre mercado” o la “libre iniciativa”, se tomen el tiempo de leer en esta época, el mensaje de Benedicto XVI. A lo mejor descubren lo que hasta el Papa ha descubierto por fin: que el problema económico fundamental en la actualidad es la creciente desigualad entre ricos y pobres. Qué esta desigualdad es responsabilidad directa del capitalismo y de su racionalidad de muerte, y que no es posible pensar en solucionar los conflictos sociales o en promover la cohesión en una sociedad en torno a un proyecto de desarrollo nacional, mientras no se aborden las causas estructurales que le han dado origen a las brechas de desigualdad y a la exclusión social de amplios segmentos de la población.

Porque deben saber que la lucha de clases no se la invento ni Marx ni Lenin y su existencia no depende de sí se está de acuerdo o en desacuerdo con ella. Ya lo dijo el multimillonario Warren Buffet en una oportunidad: “La lucha de clases sigue existiendo, pero es mi clase la que la dirige y la que la va ganando”.

La autora es profesora de la escuela de economía de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador.

–o0o–

Una reflexión sociológica sobre la nueva era maya

Una contribución para el Blog Escudrojo de –Sergio Reuben Soto-

En el marco de la conmemoración del final de la era maya regida por el Quinto Sol (Nahui Ollin), nos ha parecido oportuna una reflexión en torno a uno de los acontecimientos sociales más interesantes que está tomando fuerza en el panorama contemporáneo mundial, justamente en estos primeros años del nuevo ciclo solar maya.  Mientras aparece en forma más o menos solapada la confrontación entre los valores religiosos enquistados en las grandes culturas contemporáneas, (hindú, confuciana, cristiana y mahometana)[1], al mismo tiempo y, como acostumbran decir ahora, “transversalmente” a estos enfrentamientos, aparece la confrontación entre el pensamiento mágico religioso y el pensamiento secular científico.

Religiones

Tomado de Major Religions of the World; ranked by number of adherents, http://adherents.com/Religions_By_Adherents.html, con datos del 2005.

Si bien es cierto que dependiendo de los preceptos fundacionales de cada una de estas religiones, la confrontación con el pensamiento secular y científico es más o menos penosa y provocadora de conflictos sociales, lo cierto es que de una u otra manera, esta confrontación interactúa con la primera, generando cambios en las estructuras sociales contemporáneas.  Estas dos contradicciones activas en el interior de estas organizaciones, son pues, como se ha dicho, unas de las principales determinantes de la dinámica social de nuestras sociedades.

Uno puede esperar, pues, siguiendo este razonamiento,  que los próximos años inaugurales de este nuevo ciclo del calendario maya, estén marcados por una buena dosis de contradicciones sociales originadas en estas dos confrontaciones.

La primera, la originada en las confrontaciones por algunos preceptos entre las distintas religiones, puede generar conflictos sociales importantes entre pueblos y al interior de los pueblos.  Y parece ser la más virulenta.

No obstante, curiosamente, la otra confrontación que pudiera parecer como engendradora de violencia y conflictos, y que de hecho así lo ha sido particularmente dentro del judaísmo, del cristianismo, y del islam durante muchos años, en este momento está actuando como una contra tendencia, o cuando menos, como una intercesora; al relativizar la importancia de los credos y preceptos religiosos en el desarrollo de la actividad social práctica y cotidiana.

Con el crecimiento del agnosticismo y del ateísmo, o, en general, del pensamiento secular y el comportamiento social asociado, las confrontaciones por credos y dogmas se debilitan en el marco de una sociedad que, deja de ser así ingenuamente homogénea, para convertirse en una sociedad plural, abierta y necesariamente condescendiente y tolerante.

El debilitamiento de los fundamentalismo religiosos por medio de la menor presencia del pensamiento religioso en el comportamiento cotidiano de los individuos, nos parece que es un elemento fundamental en el aplacado de los conflictos dogmáticos.  La construcción colectiva de una moral secular, inculcada como responsabilidad cívica, como reconocedora de derechos fundamentales de los seres humanos y como expresión de empatía con la vida y la naturaleza, puede abrir las puertas para una sociedad más abierta y plural.

En el marco de esta nueva fundamentación del comportamiento social, los individuos proclives a los sentimientos por lo trascendental-espiritual encontrarán un espacio más apropiado para desarrollarlos sin las pasiones que desata la lucha por el poder temporal y la imposición de sus creencias…, al fin y al cabo, las principales religiones comparten un conjunto grande de preceptos que las acerca y que, una vez liberadas de la tensión por el poder que las separa, pueden servir para inaugurar una nueva era dotando a la humanidad de un espacio unificado para el solaz espiritual.

¿Será ese, entonces, la promesa de la era regida por el sexto sol maya?


[1] – Mencionamos al Confucianismo como la fuente originaria de otras religiones y movimientos  espirituales de oriente, entre ellos, desde luego, el Budismo y el Shintoismo, para citar los más extendidos.

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