Grecia apuesta a nuevas relaciones de producción


que debiliten las relaciones dominadas por los intereses del capital

-Sergio Reuben Soto-

            El plan de Alexis Tsipras, Primer Ministro del gobierno griego, de obtener una rebaja sustantiva a los 240 mil millones de euros de deuda, sólo puede hacerse real si Alemania, Francia y la Comisión Europea, aceptan nuevas relaciones económicas, particularmente financieras, que modifiquen la forma capitalista de valorar los activos.

            De hecho, la propuesta del ministro de finanzas griego Yanis Varoufakis de canjear la deuda por bonos perennes y por bonos redimibles sólo en condiciones de crecimiento del PIB griego, son mecanismos que rompen el esquema normal de bonificar la deuda.  No es, pues, de extrañar que haya sido el Fondo Monetario Internacional el primero en rechazar la oferta, puesto que su aceptación implicaba aceptar esas relaciones financieras para todo el mundo… (ver opinión Financial Times)

            El problema reside en que, como dice Tsipras en una carta a los contribuyentes alemanes y europeos en general, la deuda griega que se ha ido amontando en los últimos años, es realmente impagable.  La Comisión Europea y el Banco Central Europeo agraciaron la deuda con nuevos préstamos, a efecto de que no apareciera el fantasma de la quiebra o del de fault, que pusiera en peligro la estabilidad del euro.  Pero las condiciones financieras y económicas de Grecia eran inadmisibles para cualquier banquero.

            Como puede verse, ya en tales condiciones, se dejaron de aplicar las “sanas” reglas de las finanzas en pos de un objetivo político; pero en lugar de reconocer las condiciones materiales y objetivas de la economía del país, lo que hicieron fue maquillarla –sí, esa es la palabra–, de manera que Grecia diera la impresión de que era capaz de “pagar”, esto es de honrar la deuda, de acuerdo a la lógica de las relaciones capitalistas, con el pago de intereses y capital en los plazos convenidos; cuando en verdad el país no podía hacerlo.

            Este panorama presenta nuevamente una situación que se describió en una entrada de este Blog del 26 de octubre del 2014, en la que se expresa la necesidad de crear un “código de los derechos elementales de los pueblos”, con jurisdicción internacional, que norme las condiciones mínimas de vida que no pueden ser menoscabadas a éstos por el cobro de la deuda soberana.  Las entidades financieras internacionales, como las nacionales, como los inversionistas y poseedores de bonos, deben saber cuándo es conveniente comprar la deuda de determinado país y cuándo no.  Pero no pueden pedir que ese país someta a condiciones indignas a la mayoría de sus ciudadanos sólo por el hecho de honrar el pago de su deuda.  Creo que no hay pueblo de América Latina que no haya conocido los rigores de un cobro despiadado.

            La aceptación del no pago de la deuda soberana es, sí, una regla del mercado puro, que no ha sido reconocida por el capital, acostumbrado a que el ordenamiento legal le favorezca y, por lo general, acostumbrado a dictar las condiciones en las que funciona el mercado.

            Lo que la crisis desatada a finales del 2008 ha venido a mostrar es que la valoración y reproducción del capital ha sometido a sus intereses los objetivos fundamentales de la organización social que, sabemos, no pueden ser ya los de mantener las condiciones por las que ese capital se valoriza y reproduce, sino que son justamente las necesidades perentorias de la ciudadanía[1].  El rescate de los grandes inversionistas y de un sistema financiero herido en el hígado se hizo bajo la premisa de que era necesario, para superar la crisis, restaurar las condiciones dentro de las que se había venido dando ese proceso.  Pero con ello se evitó que las “leyes del mercado puro” actuaran conforme a su sino y se puso a los intereses del capital ante ellas.

            El quid pro quo se debe a que nos han enseñado que dicha reproducción y valoración del capital es la que permite la mejor forma de organizar la producción y el reparto del producto colectivo; pero las crisis y sus nefastos resultados, cada vez más frecuentes y dolorosos, muestran que ya no es así.  El crecimiento de la acumulación de capital y su concentración y centralización en pocas manos, como se ha demostrado[2], conduce al control corporativo de los mercados y a su desquiciamiento, convirtiéndolos en instrumento de sus intereses y no de los intereses de las grandes mayorías.

            Grecia pide un cambio en ese planteamiento, como lo ha venido pidiendo Argentina y la mayoría de los pueblos de América Latina desde hace varias décadas.  Los deudores deben reconocer que se equivocaron, que las inversiones que hicieron no rindieron como esperaban.  Y permitirle a los pueblos condiciones dignas de vida.

[1] – Cf. Reuben S., 2008, “La crisis económica actual, una visión desde la Economía Política”, Revista de Ciencias Económicas, Vol.27, N°2, julio-diciembre, Universidad de Costa Rica, San José.

[2] – Cf. Reuben S., 2012, “Fundamentos hipotéticos para investigar la crisis económica contemporánea”, Revista de Ciencias Económicas, Vol.30, N°2, julio-diciembre, Universidad de Costa Rica, San José.

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