La desigualdad no es inevitable


La desigualdad es hija del capital

Un comentario de Sergio Reuben a un artículo reciente de Joseph Stiglitz

En un vibrante artículo en el New York Times Josepf Stiglitz economista norteamericano de gran prestigio, laureado en el 2001 con el premio Nobel de economía, expone el gran problema social, político y económico que implica la creciente desigualdad en los ingresos de la población norteamericana. Interesados pueden consultarlo en http://opinionator.blogs.nytimes.com/author/joseph-e-stiglitz. Y una traducción libre al Español Traducción-Inequality-The grate Divide.

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Su planteamiento consiste fundamentalmente en señalar que esa desigualdad no es indispensable para el crecimiento económico.  Y para ello hace referencia al inmenso estudio histórico de Thomas Piketty publicado recientemente con el nombre de El capital en el siglo XXI, donde quedan plasmados los diferentes momentos, en los siglos anteriores, en los que se pueden encontrar períodos donde se reduce sustancialmente la desigualdad y otros en los que aumenta.

Stiglitz no es un economista marxista; pero ha logrado quitarse las anteojeras que impone la teoría neoclásica en cuanto al funcionamiento imperfecto de los sistemas económicos contemporáneos.  Observa así la tendencia a una creciente acumulación y concentración del capital en pocas manos, al control de los mercados por las grandes corporaciones, al debilitamiento del poder de compra de los trabajadores y, en general, de los asalariados, a la reducción del papel del Fondo Público en la creación de bienestar común, y, desde luego, a la apropiación de la riqueza generada socialmente entre un grupo cada vez menor de individuos, que muestran las organizaciones capitalistas contemporáneas.

Las causas de esa tendencia observada, desde que no cuestiona el modelo estandar de explicación del comportamiento económico, no siempre logra identificarlas cabalmente. Su razonamiento en el marco de tal modelo, lleva a Stiglitz a encontrar en la política y en las políticas económicas y sociales, el origen de esa tendencia. Es la corriente económica que ve en la baja de la regulación social del sistema, llevada a cabo por los gobiernos de la Thacher y de Reagan, y pregonada e impuesta urbi et orbe por los organismos crediticios internacionales, la que se encargó de crear la base para eliminar o cuando menos reducir la regulación social requerida por el capitalismo. Es un planteamiento, como puede verse, eminentemente postkeynesiano: el estado regulando al capital para evitar las consecuencias deleznables inherentes al proceso de su acumulación.

El problema que presenta su crítica al capitalismo norteamericano (y con él al capitalismo general) es que no trasciende a las relaciones económicas y sociales que están en el sustrato de esa organización; concretamente la apropiación privada del excedente socialmente generado, con fines meramente de enriquecimiento. Quizá la vislumbra cuando menciona de paso la necesidad de acabar con los mecanismos “busca renta” o rent seeking que caracterizan al comportamiento de los empresarios. Ya nosotros los habíamos caracterizados como unos comportamientos originados en la necesidad de “supervivencia capitalista” de las empresas (Reuben, 2009, 2012), pero Stiglitz lo ve como un resultado de la avaricia de sus dueños.capitalismo-es-crisis

Y ahí reside, a nuestro buen entender, la diferencia entre una visión postkeynesiana del sistema capitalista y una visión crítica de sus fundamentos. Stiglitz no ve en las tendencias indeseables del sistema, que Piketty demuestra con profusión de datos históricos, la expresión de la contradicción esencial entre una producción y distribución del producto social fundada en intereses individuales de enriquecimiento y esa producción fundada en intereses colectivos de bien común.

El capital es una relación social entre los medios de producción y trabajo de la sociedad y los individuos de esa sociedad. Es un acuerdo tácito que surge como resultado de la quiebra de los distintos sistema “feudales” o teocráticos de producción.[i] Una relación por la que se le concede a una persona la patente de apropiarse del excedente generado en la producción (combinación de medios y trabajo) y usarlo con cierta discreción. Pero la extensión, a esta apropiación, del derecho de propiedad privada consuetudinario, rápidamente la convierte en propiedad de los dueños de esos medios, propiedad de los portadores de esa patente, con todos los derechos que supone ese título. Más aún, la necesaria conversión de ese excedente en forma de dinero (de riqueza genérica) le da a ese excedente el carácter de riqueza privada.

Ha sucedido así 2salrioseeuuuna transmutación fundamental. De excedente de explotación socialmente generado se ha convertido en riqueza privada. Y los deberes de uso discrecional que suponía el uso de ese excedente por parte del patentado, se borran con los derechos que concede la propiedad privada sobre ese excedente. El capital aparece así como la transformación del excedente social en riqueza privada.

Una vez posicionados en esta perspectiva no es difícil entender el desarrollo del capital y sus tendencias históricas. La concentración de éste es un imperativo de la firma que ve en la competencia una amenaza a su existencia, y la acumulación y concentración de éste como una forma de reducir o controlar esa amenaza. Y el aumento de esa capacidad redunda en un aumento de la riqueza de sus dueños. La mesa está servida para el banquete. La supervivencia en la competencia termina subyugando la libertad de los mercados y éstos ya no pueden arbitrar la distribución de los recursos escasos según las necesidades perentorias comunes.

El sistema camina inexorablemente hacia rompimientos periódicos del proceso de acumulación, hacia crisis de sobreproducción o hacia crisis de desproporción, hacia equilibrios inestables de corto plazo e inequitativos en razón de la distribución del producto socialmente producido. El “pueblo” tiene derecho de rebelión.

 

[i] En el feudalismo europeo el monarca y la nobleza, en sus primeras expresiones, debían usar el excedente social discretamente, sabiamente. Y el “pueblo” tenía derecho de revuelta contra los abusos de los depositarios de ese excedente. De hecho, para muchos historiadores, la “revolución inglesa” entre 1640 y 1660 fue una respuesta a las costumbres desordenadas y suntuosas de la corte de Charles I de Inglaterra; y la revolución francesa un siglo después es la respuesta popular a las de la corte de los Luises.

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Acerca de sreuben

Economista y Sociólogo
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