¿Una ley de hierro para los imperios?


Las expectativas truncadas: E.U.A. enfrenta a su historia

-Servio Escudrojo-

En un comentario-editorial publicado en el Washington Post el viernes pasado, Andrew J. Bacevich califica la retirada de los Estados Unidos de Irak como el fin de las grandes expectativas estadounidenses.  Y señala las tres grandes expectativas que manejaron los ciudadanos norteamericanos al derrumbarse la URSS y quedar los E.U.A. como único líder político, económico y militar del mundo:

–     El triunfo de la democracia liberal sobre cualquier otra forma de organización político-social,

–     La victoria de las fuerzas de la globalización con la apertura de los mercados de bienes, servicios y capitales,

–     Y la gloria castrense con el desarrollo de una técnica y un poder militar sin precedentes históricos.

Los E.U.A. se presentaban ante el mundo como una nación indispensable, según las palabras del presidente Clinton en su segunda toma de posesión.

Sin embargo no fue la Guerra de Irak la que se encargó de bajar a tierra esas elevadas expectativas como propone el editorialista.  Los resultados de ésta guerra (con su secuela de muertos, lisiados, desplazados, miserables, e inestabilidad en la zona), no tienen que ver con la muerte de una esperanza de hegemonía universal, ni con el ahogo de los gobierno de las democracias liberales,  ni tampoco con la crisis económica.  Estas nuevas circunstancias son más bien producto de cómo los líderes norteamericanos enfocaron y manejaron la supremacía indiscutible que tenía esa nación en ese momento.

La democracia liberal es sin duda uno de los grandes logros de la humanidad, pero es un logro histórico, eso es, históricamente determinado por ciertas condiciones sociales, políticas y económicas; tomar esta forma de organización social como una forma absoluta, imperecedera e inamovible, sin posibilidades de modificación, de desarrollo y revolución, es un error de concepción integrista de la realidad.  No puede perderse de vista que esta democracia es acotada porque es representativa, partidarista, elitista y de escala nacional,

Por el contrario, el proceso de globalización es un fenómeno histórico que cabalga sobre las formas particulares en que se organiza la producción y la distribución del producto social.  Pretender que la globalización tenga el sello del capital, de la propiedad privada de los medios comunes de producción y trabajo, es pretender el absurdo de organizar la producción y distribución del producto social de la humanidad bajo la forma en que se desarrollaron las economías nacionales.  El orden económico regido por el capital es un orden específico, limitado por condiciones históricas particulares como el equilibrio nacional de la oferta y la demanda, cuyo rompimiento da al traste con el sistema de precios internos y con la cabal distribución del productos social y de los medios de trabajo entre la población, como lo estamos viendo con esta crisis económica.

Y finalmente, el poder militar no puede ser visto como absoluto.  Por más poder de fuego que una potencia tenga, el ejercicio eficaz y eficiente de éste depende de muchos factores sociales, políticos y económicos.  Ya el teorema de Vietnam había sido demostrado, pero ahora Irak muestra un nuevo corolario.  No es solo el heroísmo de un pueblo el que puede hacer batir en retirada a un ejército omnipotente, los fundamentos morales de los soldados, de sus familiares y de sus líderes, las condiciones políticas y económicas de la nación, que sostienen la tropa, más la contradicción ético-cristiana entre poder de fuego y uso de ese poder contra pueblos virtualmente desarmados, dan como resultado un marasmo militar que hace del ejército una arma ineficiente e ineficaz, incapaz de alcanzar objetivos políticos.

Los E.U.A. cometieron esos errores; no fueron capaces de alentar sistemas democráticos distintos al suyo, han intentado imponer un orden económico internacional bajo la égida del capital y han usado su ejército como arma letal contra pueblos proporcionalmente desarmados.  Una hegemonía global como la pretendida no es un atado de piezas, es un todo integrado.  La disfunción de una de ellas afecta a las otras y éstas al todo.

  Resta por discutir si es posible para un imperio imaginar soluciones distintas a las formas institucionales que le dieron vida.  Si el crecimiento y caída de los imperios están o no están determinados por el apego a esa determinación.  Si esa determinación se convierte en ley histórica que rige su devenir.

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