La sociedad estadounidense está descubriendo el agua tíbia


Servio Escudrojo-

     Pareciera ser que, si atendemos a los artículos de Paul Krugman que está publicando La Nación, lo que ya podemos llamar la izquierda norteamericana está haciendo un llamado a la conciencia social de la ciudadanía de ese gran país.

La insondable crisis económica en que se encuentra esa sociedad ha generado una conciencia social que la posición de privilegio ostentada por ese país en el concierto de las naciones ha impedido desarrollar en el ciudadano medio.  En una sociedad cuyos principales vínculos sociales están construidos sobre un sistema de relaciones mercantiles, por las que cada uno concurre a la plaza como individuo autónomo e independiente; el otro, o los otros, solo aparecen como medios subrogados para alcanzar los fines de éste.  En esas condiciones, el entramado de relaciones sociales que hacen posible la producción colectiva, la división social del trabajo, la articulación de actividades diversas, dispersas, en resultados socialmente reconocidos, socialmente planeados, socialmente deseados, pasa prácticamente inadvertido para el ciudadano medio.

Cómo tomar conciencia en una sociedad así, de la contribución de todos los trabajadores y trabajadoras que hicieron posible al empleado bancario, por ejemplo, el agua caliente con que se ducha por la mañana, que hicieron posible el traje que viste, los alimentos que desayuna, que posibilitaron su traslado hasta el Banco en que trabaja, etc, etc.  Todo ese tinglado de trabajo acumulado, de trabajo colectivo, se desdibuja como un sistema automático, exterior, en el que él y ella no tienen nada que ver y al que nada le deben…: está ahi para servirles a alcanzar sus metas y objetivos personales.

Cuando Krugma dice:

Por otra parte, [alegan] de que los ricos tienen derecho a conservar su dinero, [mas no mencionan] el punto de que todos vivimos en una sociedad más grande y que con eso nos beneficiamos.

o cuando Elizabeth Warren –candidata al senado por el estado de Massachusetts– proclama:

“No hay nadie en este país que se hizo rico a solas, nadie.”

sólo están señalando una verdad tan grande como el Capitolio pero tan ignorada como los intereses que se mueven dentro de él.  La libertad del individuo, la superación de sus estrechos límites individuales, su mayor o menor independencia de la insertidumbre propia de la naturaleza, de la contingencia, están estrechamente ligadas a su asociación con otros individuos, a su socialización, a su permanencia en sociedad.

Los norteamericanos necesitan tomar conciencia de que la mano invisible que ha convertido la actividad individual en resultados colectivos, hasta elevarlos a la primera posición en el mundo como potencia económica, ha dejado de funcionar.  Ese sistema mercantil fundado en la acumulación privada de capital ha encontrado límites insalvable creando conflictos en todas las dimensiones del acontecer social.

La crisis económica es el resultado de uno de esos conflictos; la concentración y centralización de la riqueza, de los medios sociales de producción y trabajo, están impidiendo el funcionamiento al “viejo estilo” del sistema de mercado.  Eso lo intuye Paul Krugman cuando dice:

Algunos de los aspectos más importantes de esa inclinación [de la política económica que favorece a los ricos] involucraban cosas tales como el ataque sostenido contra los sindicatos y la desregulación financiera, que creó inmensas fortunas al tiempo que allanaba el camino para el desastre económico.

pero difícilmente podrá aún comprender cómo, o por qué, esa política económica condujo al desastre porque para ello tiene que entender que el problema no está en los ricos, sino en la desigualdad con que se distribuye el ingreso y la desigualdad con que se acumulan los medios sociales de producción y trabajo.

Esa concentración oligo-monopólica de tales medios y la consecuente concentración de la riqueza y el ingreso colectivo en pocas manos impide el funcionamiento eficaz y eficiente del mercado como medio asignador de los recursos entre las necesidades sociales, entre las necesidades requeridas por una colectividad que ha subscrito un “contrato social” de convivencia, de cooperación y de colaboración.  Un funcionamiento ineficiente del sistema de distribución de la riqueza socialmente producida crea un conflicto insalvable dando al traste con la cohesión social requerida para mantener integrada y funcional a una sociedad.

Hace bien la izquierda norteamericana en llamar a la conciencia social, no al patriotismo o al nacionalismo o a la compasión y a la caridad, todas “virtudes” que ostenta el pueblo estadounidense (que indebidamente exacerbadas pueden enemistarlo del resto del mundo), sino al control social, políticamente determinado, democráticamente diseñado, de la distribución del ingreso y del uso de los medios sociales de producción y trabajo.

Krugman: El contrato social – ECONOMÍA – La Nación.

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