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La desproporción económica como causal de la crisis


Nuevas constataciones de los fundamentos de la crisis económica actual

Sergio Reuben Soto

Dos artículos publicados en los últimos días por los medios de divulgación estadounidenses nos han comprobado lo certeras y precisas que son nuestras hipótesis sobre los orígenes de la crisis económica que vive particularmente el mundo desarrollado; y el capitalismo en general. Así como de los medios para resolverla.Peces

1.- La solución monetarista y la debilidad de la recuperación

El primero ha sido publicado en la página web de una de las organizaciones más conservadoras de ese país, el Counsil on Foreign Relations. En el número de su revista Foreign Affaires de septiembre-octubre de 2014, viene un ensayo de Mark Blyth y Eric Lonergan denominado Print less but Transfer More, en el que señalan con las limitaciones de su perspectiva ideológica e instrumental que:

1.1.- La política monetaria denominada Quantitative Easing (QE), consistente en abrir las arcas de la Reserva Federal para ampliar la oferta de dinero reduciendo el costo relativo de éste, ha sido sólo temporalmente efectiva para la economía de los EE.UU., y puede estar incubando una crisis a escala global mucho más seria que la que dio origen a la situación actual.

Nosotros hemos venido señalando que esa ampliación monetaria sólo puede tener efectos positivos temporales para la economía de los EE.UU., mientras el dólar tenga aceptación internacional suficiente, como moneda universal, como para evitar que esa creciente oferta monetaria se convierta en la semilla de una hiperinflación. El mantenimiento con oxígeno monetario de la “recuperación” de la economía norteamericana tiene un límite que puede estar cerca de alcanzarse. Particularmente por el lado de la pérdida de confianza de los poseedores de bonos del Tesoro de los EE.UU., sobre su verdadero valor.

1.2.- En segundo lugar, concluyen que la recuperación mostrada hasta ahora por la economía norteamericana no tiene una base sólida, ya que la estructura económica no ha permitido trasladar el débil crecimiento a los sectores sociales que efectivamente fortalecen la demanda agregada. Aquélla se ha dado principalmente en el sector empresarial más desconfiado y menos capaz de generar empleo por unidad de gasto. Ante esta constatación, y ante la evidencia de que los mecanismos disponibles de política fiscal y monetaria conducen todos al fortalecimiento de las grandes empersas, los autores recurren a una estratagema que podríamos llamar curiosa, si no fuera porque es totalmente ingenua. La estratagema es permitirle a los bancos centrales repartir dinero (la imagen didáctica es desde un helicóptero) a toda la población, de manera de crear capacidad de pago entre los sectores menos favorecidos por la estructura de distribución del ingreso creada por el capital.

            No cabe duda que las dificultades para enfrentar soluciones reales a la crisis, que generan las inconsistencias de la teoría económica convencional o escolástica, lleva a estos señores a proponer acciones ciertamente candorosas. Y no es por la imagen del helicóptero del Banco Central haciendo llover billetes, es porque no pueden imaginar soluciones, sistémicas, fundadas en nuevas relaciones de producción. Soluciones tales como aumentos salariales a los sectores trabajadores, reducción de la jornada de trabajo sin rebajo de pago, aumentos en la inversión social del Estado, educación, salud, vivienda, pensiones, etc., subvenciones a los pequeños y medianos empresarios, premios anuales a la productividad de los trabajadores, pago del trabajo doméstico a las amas de casa, y una larga lista de acciones de política económica que se han venido proponiendo desde una perspectiva heterodoxa, no forman parte de su elenco.

            Desde luego, están siempre las soluciones tributarias y la transferencia de valor hacia los sectores menos favorecidos por el reparto del productos social bajo el capitalismo, por medio de una política estatal focalista, como lo han venido proponiendo el Banco Mundial y el FMI. Pero los antojos naturales de esta solución son, en primer lugar, la evasión fiscal; una práctica harta conocida por los sectores más favorecidos por ese reparto, y muy duchos en ella. Y, por otra parte, con ese tipo de soluciones se abre la posibilidad del uso clientelista del gasto social, de la corrupción política, que han caracterizado a la mayoría de los gobierno socialdemócratas, proclives a esas prácticas.

2.- La estructura corporatizada de la economía norteamericana

            La otra publicación de gran trascendencia para las tesis que hemos venido levantando en nuestros escritos es una encuesta de la Harvard Business School a sus exalumnos. Los resultados de este estudio realizado entre los años 2013 y 2014, han sido publicados en este mes de setiembre bajo el título An Economy doing Half its Job, sus autores son Michael E. Porter y Jan W. Rivkin. Esta investigación muestra empíricamente una situación de la economía norteamericana que había sido supuesta en nuestros escritos para explicar la recesión; y es la divergencia entre las grandes empresas y las pequeñas y medianas empresas; entre las grandes corporaciones y la miríada de pequeñas firmas que conforman la base del sistema productivo y distributivo de la economía estadounidense. En esta publicación se llega, entre otras, a las siguientes conclusiones:

2.1.- La recuperación que muestra la economía de los EE.UU, está centrada en las grandes empresas (mayores de 1.000 empleados), mientras que ha dejado rezagadas a las empresas medianas y pequeñas. El comportamiento del sistema tiende a fortalecer las más grandes, de manera que son éstas las que están imponiendo las condiciones del reclutamiento de trabajadores, de su remuneración, de sus jornadas laborales, de sus beneficios, etc. Omiten curiosamente apuntar que también este sector de grandes empresas actúa como un remolino que succiona también los demás recursos disponibles, ya por medio del capital financiero –proclive a invertir en ellas– , ya por medio del poder de mercado de que disponen.

            Se ha venido señalando, que esta estructura no favorece el fortalecimiento de la recuperación por cuanto define un ambiente de negocios corporativizado dentro del cual no funcionan las leyes del mercado y la competencia. La encuesta confirma esta conjetura que hemos hecho en nuestras publicaciones. La mayoría de los entrevistados que dirigen empresas pequeñas y medianas tienen una visión negativa y pesimista de su condición para hacer negocios:

Compared to the typical respondent, alumni working in small businesses had more negative (or less positive) views of virtually every aspect of the U.S. business environment. This finding echoes growing evidence from other sources that small businesses are disadvantaged in America.

2.2- El otro punto que nos parece importante resaltar de este estudio es la conclusión –en todo coincidente con nuestro análisis– de la existencia de una contradicción esencial en el sistema económico norteamericano, y en el capitalismo en general.

            Esa “divergencia” entre el desarrollo de las grandes corporaciones y las pequeñas y medianas empresas establece un sistema económico desbalanceado en contra de los trabajadores y los pequeños y medianos empresarios, que, a su vez, implica un funcionamiento desequilibrado del mercado, de los precios y, en general, de la forma en que son asignados los recursos de la sociedad entre las necesidades de sus ciudadanos. Y este funcionamiento desequilibrado del sistema de asignación de recursos y de las remuneraciones a los factores es insostenible, porque genera situaciones económicas, sociales y políticas que tienden a romper el proceso productivo, la cohesión y el orden social.

            Pero, más aún, la contradicción que surge con esta constatación, es que, por otro lado, la “competitividad” de las economías nacionales, dentro del sistema globalizado de acumulación de capital, depende precisamente de la reducción de los costos de producción y el aumento de las economías de escala que se obtienen con la concentración del capital en grandes corporaciones. Los autores de la encuesta señalan esta contradicción cuando dicen:

We argue that such a divergence is unsustainable, […] We ask in particular, how can we create a U.S. economy in which firms both thrive in global competition and lift the living standards of the average American?

            Y aquí llegamos al punto central que queríamos ilustrar con las constataciones que se hacen desde estas dos importantes publicaciones. Desde nuestro punto de vista no hay solución para esta contradicción en el marco de relaciones económicas capitalistas. No obstante, pensamos que hay vías por las cuales ir crean­do nuevas relaciones sociales de producción sin tener que llegar a un rompimiento arrasador del ordenamiento social existente. Especialmente en momentos de crisis económica como la que se vive hoy día, cuando se da un relajamiento de las comodidades a que se han acostumbrado muchos sectores sociales, abriendo así espacios políticos y sociales favorables al cambio.

            Asimismo, la conciencia ecologista, el anticonsumismo, el movimiento feminista, los movimientos antibélicos, entre otras formas de toma de conciencia racional de la organización social que hemos construido, contribuyen a generar condiciones subjetivas o en la conciencia social e individual, que favorecen la idea de llevar a cabo transformaciones sustantivas en el ordenamiento social.

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Amenazas a la multipolaridad


El debilitamiento de hegemonías un peligro para la paz

 

Nuves-Servio Escudrojo-

Al reflexionar sobre las situaciones que presenta hoy día el panorama político mundial uno no puede inadvertir los intereses que mueven a la política exterior norteamericana. Muchos latinoamericanos hemos estado acostumbrados a considerar las acciones de los EE.UU. originadas en las mejores intenciones, fundadas en los principios de los derechos universales del ser humano, la democracia occidental y el capital.  Y de hecho así fue desde la II Guerra Mundial; cuando el orden internacional se estructuró sobre la base de la universalización del dólar y las hegemonías militar y económica norteamericanas: los intereses del mundo occidental enfrentado al orden comunista, coincidían con los intereses de los EE.UU. y viceversa.

Aquella sorprendente expresión del secretario de defensa norteamericano Charles Erwin Wilson de que “lo que es bueno para EE.UU. es bueno para General Motors y viceversa…”, la mayoría de los latinoamericanos la traducíamos en una sentencia parecida “lo que es bueno para los Estados Unidos es bueno para nosotros y para el mundo”.  Y, de alguna manera, esto fue cierto para éstos mientras el orden mundial estuvo estructurado sobre la base de las hegemonías cultural, económica y militar norteamericanas.

No vamos a hacer recuento aquí de los hechos que desde los años 70 del siglo pasado se vienen produciendo en el contexto internacional y que fueron cambiando la estructura internacional.  Paradójicamente, uno de los hechos más destacables ha sido la globalización del proceso de acumulación de capital, antes centrado en las economías nacionales y ahora globalizado por las empresas transnacionales norteamericanas.  Para algunos, éste era el sino del orden capitalista impulsado y dirigido por los EE.UU., lo cierto es que dicho proceso económico con otros de diversa naturaleza articulados entre sí, han generado un orden internacional nuevo. En el que los intereses de los EE.UU. ya no coinciden con los del mundo…

En primer lugar, los fundamentos de la civilización occidental que defendía el orden internacional dirigido por los EE.UU. han ido siendo rescatados de su secuestro norteamericano por Europa –o por lo menos esa parece ser su pretensión–, que comienza a emerger como una potencia capaz de defenderlos e impulsarlos ahora en el marco de una cultura plurinacional.  Asimismo, en América Latina, comienza a conjugarse una simbiosis cultural en la que esos mismos principios enriquecidos por las culturas originarias se presentan como una opción más favorable de articulación con una civilización plural universal.

Ahora bien, en una civilización universal, que articule valores y principios conjugados de las distintas culturas preexistentes, que son aceptados globalmente, no habría necesidad de la dominación e imposición hegemónica de una cultura en particular; por lo que el papel de “defensor de valores civilizadores” desempeñado por los Estado Unidos hasta finales del siglo pasado, pierde valía para occidente.

En tercer lugar, la hegemonía económica norteamericana que sostenía el orden comercial e industrial internacional, no sólo como principal potencia exportadora e importadora sino como suministradora y reguladora de la moneda universal, comienza a mostrar signos de insolvencia para lidiar con los requerimientos económicos y monetarios de un sistema globalizado, y por tanto, a ser retada por otros países y regiones. Este reto y aquella insolvencia redundan en serias contradicciones económicas y políticas al interior de los EE.UU, generando trabas en el funcionamiento del sistema que rebotan como limitaciones para ejercitar su hegemonía política, su hegemonía cultural y su hegemonía económica a escala internacional.

Así, para los que han ejercido el poder acostumbrados a la subordinación y dependencia del resto del mundo, queda sólo su hegemonía militar como única e indiscutible vía para preservar su status. Y esto, a mi modo de ver, es sumamente preocupante.

La Academia Sueca tomó la pasmosa iniciativa (o el presidente Obama se las agenció) de nombrarlo, al inicio de su mandato, Premio Nobel de la Paz.  Al aceptarlo, el presidente asumía un compromiso de no seguir la vía bélica para resolver los conflictos de intereses de los EE.UU.  Los malabares a que ha tenido que recurrir el señor Obama, y su círculo más intimo de mando para honrar este compromiso en sus casi seis años de ejercicio, ante las demandas de los intereses económicos, políticos y militares, no son desconocidos para el público en general. Baste recordar, a efecto de ilustración, las dificultades para retirar las tropas de Irak, y los recientes resultados de esta retirada; su criticada injerencia limitada en Siria en apoyo a los Yijadistas opositores al presidente Bashir al Assad, o su política de apoyo a las acciones terroríficas de Israel en Gaza, entre otras acciones. Así, poco a poco, hemos visto cómo ese compromiso ha tenido que ir cediendo ante los reclamos incesantes y perentorios de estos intereses, conformando una política exterior y de “defensa nacional” de la Casa Blanca que a todas luces se muestra indecisa.

El debilitamiento del papel de primera potencia mundial que sufren hoy día los Estados Unidos es un serio reto para los sectores que han ostentado por casi un siglo las prebendas que deparaba su supremacía, y el peligro de querer recurrir a su último resquicio de poder, la fuerza militar, para tratar de recuperar o, al menos suavizar las dolorosas consecuencias de este debilitamiento, se acrecienta.

Los latinoamericanos amantes de la paz debemos entender ahora, que la paz mundial ya no es el resultado de un equilibrio entre dos grandes potencias, como entre los años 50 y 80, ni es el producto del dominio unipolar de una sola, como hasta finales del siglo pasado. La paz mundial, la paz regional en nuestro continente, ahora es el resultado de un juego inteligente de todos los pueblos contra los “halcones”, contra todos aquellos que ven en la guerra y la violencia, la forma de hacer perpetuar su dominación.

Agregado el 29 de septiembre:

James Petras, un reconocido critico analista de la política internacional de los EE.UU., escribió un artículo en Global Research, el 29 de este mismo mes, http://www.globalresearch.ca/us-global-power-in-the-21st-century-military-or-economic-imperialism/5404911 , en el que hace señalamientos sobre la nueva tendencia militarista del imperialismo de los Estados Unidos; y la contrasta con otras formas de imperialismo económico ejercitado por ese país en épocas pasadas.

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La desigualdad no es inevitable


La desigualdad es hija del capital

Un comentario de Sergio Reuben a un artículo reciente de Joseph Stiglitz

En un vibrante artículo en el New York Times Josepf Stiglitz economista norteamericano de gran prestigio, laureado en el 2001 con el premio Nobel de economía, expone el gran problema social, político y económico que implica la creciente desigualdad en los ingresos de la población norteamericana. Interesados pueden consultarlo en http://opinionator.blogs.nytimes.com/author/joseph-e-stiglitz. Y una traducción libre al Español Traducción-Inequality-The grate Divide.

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Su planteamiento consiste fundamentalmente en señalar que esa desigualdad no es indispensable para el crecimiento económico.  Y para ello hace referencia al inmenso estudio histórico de Thomas Piketty publicado recientemente con el nombre de El capital en el siglo XXI, donde quedan plasmados los diferentes momentos, en los siglos anteriores, en los que se pueden encontrar períodos donde se reduce sustancialmente la desigualdad y otros en los que aumenta.

Stiglitz no es un economista marxista; pero ha logrado quitarse las anteojeras que impone la teoría neoclásica en cuanto al funcionamiento imperfecto de los sistemas económicos contemporáneos.  Observa así la tendencia a una creciente acumulación y concentración del capital en pocas manos, al control de los mercados por las grandes corporaciones, al debilitamiento del poder de compra de los trabajadores y, en general, de los asalariados, a la reducción del papel del Fondo Público en la creación de bienestar común, y, desde luego, a la apropiación de la riqueza generada socialmente entre un grupo cada vez menor de individuos, que muestran las organizaciones capitalistas contemporáneas.

Las causas de esa tendencia observada, desde que no cuestiona el modelo estandar de explicación del comportamiento económico, no siempre logra identificarlas cabalmente. Su razonamiento en el marco de tal modelo, lleva a Stiglitz a encontrar en la política y en las políticas económicas y sociales, el origen de esa tendencia. Es la corriente económica que ve en la baja de la regulación social del sistema, llevada a cabo por los gobiernos de la Thacher y de Reagan, y pregonada e impuesta urbi et orbe por los organismos crediticios internacionales, la que se encargó de crear la base para eliminar o cuando menos reducir la regulación social requerida por el capitalismo. Es un planteamiento, como puede verse, eminentemente postkeynesiano: el estado regulando al capital para evitar las consecuencias deleznables inherentes al proceso de su acumulación.

El problema que presenta su crítica al capitalismo norteamericano (y con él al capitalismo general) es que no trasciende a las relaciones económicas y sociales que están en el sustrato de esa organización; concretamente la apropiación privada del excedente socialmente generado, con fines meramente de enriquecimiento. Quizá la vislumbra cuando menciona de paso la necesidad de acabar con los mecanismos “busca renta” o rent seeking que caracterizan al comportamiento de los empresarios. Ya nosotros los habíamos caracterizados como unos comportamientos originados en la necesidad de “supervivencia capitalista” de las empresas (Reuben, 2009, 2012), pero Stiglitz lo ve como un resultado de la avaricia de sus dueños.capitalismo-es-crisis

Y ahí reside, a nuestro buen entender, la diferencia entre una visión postkeynesiana del sistema capitalista y una visión crítica de sus fundamentos. Stiglitz no ve en las tendencias indeseables del sistema, que Piketty demuestra con profusión de datos históricos, la expresión de la contradicción esencial entre una producción y distribución del producto social fundada en intereses individuales de enriquecimiento y esa producción fundada en intereses colectivos de bien común.

El capital es una relación social entre los medios de producción y trabajo de la sociedad y los individuos de esa sociedad. Es un acuerdo tácito que surge como resultado de la quiebra de los distintos sistema “feudales” o teocráticos de producción.[i] Una relación por la que se le concede a una persona la patente de apropiarse del excedente generado en la producción (combinación de medios y trabajo) y usarlo con cierta discreción. Pero la extensión, a esta apropiación, del derecho de propiedad privada consuetudinario, rápidamente la convierte en propiedad de los dueños de esos medios, propiedad de los portadores de esa patente, con todos los derechos que supone ese título. Más aún, la necesaria conversión de ese excedente en forma de dinero (de riqueza genérica) le da a ese excedente el carácter de riqueza privada.

Ha sucedido así 2salrioseeuuuna transmutación fundamental. De excedente de explotación socialmente generado se ha convertido en riqueza privada. Y los deberes de uso discrecional que suponía el uso de ese excedente por parte del patentado, se borran con los derechos que concede la propiedad privada sobre ese excedente. El capital aparece así como la transformación del excedente social en riqueza privada.

Una vez posicionados en esta perspectiva no es difícil entender el desarrollo del capital y sus tendencias históricas. La concentración de éste es un imperativo de la firma que ve en la competencia una amenaza a su existencia, y la acumulación y concentración de éste como una forma de reducir o controlar esa amenaza. Y el aumento de esa capacidad redunda en un aumento de la riqueza de sus dueños. La mesa está servida para el banquete. La supervivencia en la competencia termina subyugando la libertad de los mercados y éstos ya no pueden arbitrar la distribución de los recursos escasos según las necesidades perentorias comunes.

El sistema camina inexorablemente hacia rompimientos periódicos del proceso de acumulación, hacia crisis de sobreproducción o hacia crisis de desproporción, hacia equilibrios inestables de corto plazo e inequitativos en razón de la distribución del producto socialmente producido. El “pueblo” tiene derecho de rebelión.

 

[i] - En el feudalismo europeo el monarca y la nobleza, en sus primeras expresiones, debían usar el excedente social discretamente, sabiamente. Y el “pueblo” tenía derecho de revuelta contra los abusos de los depositarios de ese excedente. De hecho, para muchos historiadores, la “revolución inglesa” entre 1640 y 1660 fue una respuesta a las costumbres desordenadas y suntuosas de la corte de Charles I de Inglaterra; y la revolución francesa un siglo después es la respuesta popular a las de la corte de los Luises.

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